«La prosopagnosia es un trastorno de la memoria que dificulta —a veces imposibilita— el reconocimiento de rostros. Con mayor o menor severidad afecta al 1 o 2 por ciento de la población. (…) Destaquemos que el estudio de la prosopagnosia ha sido crucial en el desarrollo de teorías sobre la percepción facial y su subsiguiente aplicación al diseño de algoritmos para dispositivos de reconocimiento facial, tan desgraciadamente comunes con la actual paranoia de vigilancia y control» (Fontcuberta, 2019).
Una de las primeras dimensiones de la fotografía es su condición de memoria (Sánchez Moreno, 2011), sin memoria no existe identidad y esta se construye a partir de imágenes que, por herencia cultural, quedan recogidas en soportes, independientemente de su forma y material, conocidos socialmente como «álbumes familiares». Es interesante preguntarse qué ocurre con el recuerdo y la memoria de aquellas personas que padecen una condición que les impide acceder a los rostros que las imágenes registran para su recuerdo, qué significado adquiere aquí la fotografía y, en concreto, el álbum familiar.
Se dice que la fotografía emerge como una máquina del tiempo que permite superar las limitaciones de la memoria (Sánchez Moreno, 2011: 39), pero para volver al pasado es imprescindible reconocer lo plasmado. Al no poder reconocer rostros, las personas con prosopagnosia pueden experimentar una limitación en la construcción de recuerdos asociados a eventos y momentos familiares, pues la identificación del referente es fundamental para conectar emocionalmente los recuerdos. Esta incapacidad para reconocer a los seres queridos, e incluso a desconocidos, puede generar una sensación de desconexión o extrañeza, alterando la forma en que estas personas experimentan la nostalgia o la conexión con el pasado. Se entiende que el álbum familiar, objeto común en la mayoría de los hogares, e indispensable en los dispositivos móviles, adquiere aquí otro significado: mediante las fotografías las familias construyen su historia, su razón de ser, dependientes de una suerte arbitraria de selección de aquellos momentos que desean conservar y dar a conocer al resto, descartando aquellas fotografías olvidadas que, por falta de interés o por motivos personales, no forman parte de este «teatro abierto».
El uso del concepto «teatro» no es fortuito, pues el álbum familiar, a diferencia de la contemplación privada e individual de una fotografía, es concebido para su exposición pública, para la construcción identitaria y del recuerdo a través de la comunicación verbal de las imágenes que quedan conservadas en estos archivos a aquel que se presta a su escucha. Es así cómo, al reflexionar sobre las historias que acompañan a cada fotografía, se concluye que es la expresión oral la que completa al álbum, convirtiéndolo en un teatro abierto que cambia en función de quién relate y quién escuche:
El álbum familiar pone en juego una serie de memorias que interactúan desde dos dimensiones. Por un lado, aquellas que se desprenden de la imagen, mediante las posibilidades de esta de ser testimonio no solo de los acontecimientos sino también de la época sobre la que se encuadra el instante de la toma; y por el otro, por la multiplicidad de posibilidades narrativas que de las imágenes se desprenden, siendo la dimensión oral un modo de memoria en constante construcción y reconstrucción (Triquell, 2012: 49).
En este punto es donde cabe preguntarse qué simboliza el álbum familiar para las personas que no reconocen a sus familiares en las imágenes. Es aquí donde los estudios sobre la importancia del archivo en la construcción memorística e identitaria se deberían reformular, sometiendo su ontología a nuevos procesos perceptivos, en los que la expresión oral y las historias narradas tras la imagen ayudan a comprender el significado mismo del referente, siendo este teatro abierto la razón de ser de los recuerdos y no tanto la imagen como elemento icónico, entendida única y exclusivamente desde su expresión visual. Los archivos aparecen como salvadores del olvido en las personas con prosopagnosia actuando como técnica de reconocimiento en la que la selección de imágenes está lejos de ser aleatoria, pues son el resultado de la necesidad de conservar y preservar aquellos momentos que definen y testimonian el pasado. El ritual anecdótico que acompaña al álbum familiar podría proporcionar a aquellos que sufren esta patología una vía para construir los recuerdos a partir de la narración, donde los acontecimientos vividos personalmente y materializados en la imagen son interpretados en el momento de socialización que acompaña a este ritual. Esta práctica que parece falsear o modificar los acontecimientos tal y como ocurrieron, no dista de la naturaleza del álbum familiar o del proceso fotográfico en sí, pues una imagen adquiere significado e importancia en el momento de su recepción e interpretación, y esta se compone de códigos y valores establecidos culturalmente (Triquell, 2012).
En la prosopagnosia se presentan desafíos en la autenticidad de la experiencia al revisar el álbum familiar, donde se pone en juego la memoria en cada ritual de recepción: la incapacidad de reconocer a los seres queridos puede alterar la forma en que se experimenta la nostalgia o la conexión con el pasado, que necesitará de otro tipo de indicadores más allá de lo visual que completen el recuerdo. Además, conviene plantearse cómo son formalmente los álbumes familiares, si presentan adaptaciones en su organización. Es posible que implementen técnicas en la organización de las imágenes, como etiquetas detalladas, descripciones escritas e incluso la clasificación basada en otros elementos visuales, para compensar la dificultad en la identificación facial.
Ronald Barthes (Barthes, 1992) explica la búsqueda de su difunta madre entre fotografías antiguas. No sabe con certeza qué busca, pero es consciente de que ninguna de las fotografías, aunque muestran a su madre como huella de lo real, plasma su verdadero yo. Afirma incluso que «por mucho que consultase la imagen, no podría nunca más recordar sus rasgos» (Barthes, 1992: 171). Es interesante plantear cómo finaliza Barthes su búsqueda desde la perspectiva de la agnosia visual de rostros, pues considera que la imagen que mejor recoge la esencia de su madre es una fotografía tomada cuando ésta tenía cinco años: la imagen está borrosa y los rasgos no se distinguen con nitidez, pero para él, esa niña es su madre. Ello subraya la importancia de los «vacíos», de lo «borroso», pues también son portadores de una experiencia vital, única e irrepetible, que, al fin y al cabo, es el objetivo de un álbum familiar, servir de tarjeta de visita para aquel que accede al archivo. Aquello que no se percibe con nitidez también forma parte de la identidad, y, al contrario de lo que otros estudios sostienen, no está íntimamente ligado al olvido, ya sea deliberado o involuntario, pues la dimensión visual no es la única que existe para completar los códigos, pudiendo ser complementada a través de la narración oral.
Imágenes que testimonian: prácticas fotográficas desde la memoria de los sujetos
Se ha elaborado un proyecto artístico fotográfico a partir de los testimonios de los sujetos de estudio que han participado en la investigación. El objetivo principal ha sido desarrollar una narrativa otra acerca del proceso perceptivo de las imágenes fotográficas, más concretamente del álbum familiar, más allá de la percepción neurotípica. A partir de las entrevistas y encuentros emprendidos con personas que padecen prosopagnosia se ha entendido la importancia y significado que guarda para ellos el álbum familiar, y cómo la construcción memorística parte principalmente de un ritual anecdótico, en el que la retroalimentación y reciprocidad verbal facilita la identificación y configuración de los recuerdos. Este resultado se ha trasladado a la cámara fotográfica para proponer una suerte de “archivo visual” en el que poder entender a través de imágenes experimentales las sensaciones y recuerdos compartidos por los participantes.
«No puedo reconocer a la gente en persona y no puedo reconocer caras en fotografías. Estudiar una foto no me ayuda, a menos que revele detalles como manchas de la piel que pueda usar para identificarlos».
«La verdad es que, generalmente, no encuentro fotos interesantes como tema fotográfico o, como puedes imaginar, tremendamente memorables».
«A mi padre puedo reconocerlo en algunas fotografías porque frecuentemente llevaba el mismo estilo de camisa, en la que guardaba, según me dijeron, un bolígrafo particularmente bonito y caro en el bolsillo de su pecho, y más tarde en su vida llevaba un Stetson, posiblemente debido a la pérdida de cabello asociada a sus tratamientos de cáncer. Aparte de eso, no tengo un fuerte apego visual o comprensión de mi padre».
«No sé exactamente cuándo me diagnosticaron. Como he indicado, hubo varias circunstancias que condujeron a mi diagnóstico, todas ellas observadas por mi madre. Según cuenta ella, en una reunión de amigos y familiares, cuando yo tenía probablemente cuatro o cinco años, me acerqué a una persona alta y la agarré por las piernas. Mi hermano era alto y esa persona también, pero desde luego no era mi hermano. Una vez casi me secuestran en unos grandes almacenes. Mi madre cerró la tienda hasta que me encontró en brazos de un desconocido que llevaba otra ropa. Recuerdo un incidente de cuando tenía cinco o seis años en el que me enfadé con otro niño en el colegio. Ahora no recuerdo por qué, pero fui a por el niño y le mordí. Por supuesto, el niño negó lo sucedido, y me quedé pensando si había dado con el niño correcto».
«He revisado los álbumes de fotos familiares antes, y carezco de un apego significativo a las fotografías o a las personas que aparecen en ellas. De hecho, me siento muy alejado de las fotografías familiares. Una vez escribí sobre mis sentimientos acerca de las fotografías para un proyecto personal hace algún tiempo, después de haber asistido al funeral de uno de mis abuelos. Todo el mundo estaba mirando fotografías y hablando de la gente en las fotografías, y yo me sentí triste, separado y solo. Este no es un sentimiento poco común para mí, pero de lo que me di cuenta al escribir sobre ello es que no fue realmente la experiencia de ver fotografías lo que me molestó. En cambio, fue mi falta de conocimiento sobre la persona y un sentimiento de profunda desconexión social, no sólo con mi abuelo, sino también con toda mi familia extendida».
Bibliografía
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Gargantilla Madera, A. B., & Garrote Valero, D. (2019). Prosopagnosia o “ceguera facial”. Gaceta de optometría y óptica oftálmica, 552, 52-55.
Gimeno Casas, M. del C. (2020). El álbum fotográfico familiar. Reflexiones sobre la relación entre fotografía y memoria. ARTILUGIO, 6, 126-139.
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Visa Barbosa, M. (2011). Nuevas estructuras narrativas en la organización de las fotografías: Del álbum familiar a las plataformas digitales. La comunicación pública, secuestrada por el mercado, 79. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5280077